I CONGRESO

INTERNACIONAL

HISPANO – PORTUGUÉS

SOBRE LIBERTAD RELIGIOSA

Constitución, leyes de libertad

religiosa, acuerdos,

 Derecho común

 

 

LAS RAICES CRISTIANAS DE EUROPA

 

 

 

Mª del Mar Paradela González

 

 

Resumen En el año 1951, antes de comenzar  las difíciles negociaciones que dieron lugar al Tratado de París (que dio origen a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la primera de las Comunidades Europeas) Konrad Adenauer (Canciller del gobierno alemán), Robert Schuman (ministro de Exteriores francés) y Alcide De Gasperi (Presidente del Consejo de Ministros italiano) se reunieron en un monasterio benedictino a orillas del Rhin para meditar y orar juntos.

   Eran hombres de una profunda fe cristiana, y al mismo tiempo políticos con un gran sentido de la responsabilidad histórica ante sus pueblos y ante la historia. Europa acababa de salir de la Segunda Guerra Mundial, destrozada material y espiritualmente,  con odios todavía no curados. Europa se recuperó de manos del humanismo de inspiración cristiana, del que estos tres hombres, los Padres de Europa eran testigos ejemplares.

   Ciertamente, el objetivo del Papa al incluir la mención a las raíces cristianas de Europa en la Constitución Europea o en el todavía pendiente de aprobación, el Tratado de Lisboa;

No se trata de una imposición o de influencia de poder de las distintas iglesias cristianas, sino que responde al debate ¿Sobre qué valores se va a construir la Unión Europea. Europa corre el peligro de ser configurada en base únicamente a parámetros económicos, como si de un “supermercado” se tratara, a un cuerpo sin alma; renunciando a la historia, a la filosofía, el arte, la ciencia, etc.

   Las dos guerras mundiales del Siglo XX nos debieran de haber demostrado a los europeos que los problemas de un proyecto político conjunto superan el ámbito de la economía, para adentrarse en la concepción de la historia, del hombre y del sentido mismo de la vida. La tentación es ahora limitarse a unos valores ambiguos, lo suficientemente genéricos para que todos se sientan cómodos con palabras: “democracia”, “tolerancia”, etc. vaciándolo de contenido.

   El cristianismo es el único elemento unificador de países con historias distintas, ni tan siquiera  el Imperio Romano o la Grecia Clásica son patrimonio común de Europa ya que tan solo lo es de los países mediterráneos. Países como Polonia, Hungría o Suecia, le deben a su conversión al cristianismo por el año mil, su incorporación a la civilización europea.

   El acontecimiento que marcó el nacimiento de Europa fue la coronación de Carlomagno como Emperador por el Papa León en la Navidad del año 800, bajo el nombre de “Imperio de Cristo”, “Reino de David”, para pasar a llamarse al poco tiempo “Europa”. Los monjes benedictinos fueron los que se encargaron de extender el ideal de europeidad cristiana floreciendo por toda Europa Catedrales, ferias mercantiles, las primeras Universidades como la “Nos Universitas” de París, el humanismo en torno al latín y el cirílico en las zonas eslavas de Bulgaria con San Cirilo y San Metodio, la recuperación del Derecho Romano, las traducciones del corpus “aristotélico”, los tratados de ciencia árabe, la escolástica, los Hospitales para peregrinos siendo Santa Elena la primera en fundar un hospital en Constantinopla, siendo la Iglesia la primera entidad asistencial pública y el trazado de la primera carretera europea discurriendo por la ruta jacobea según los musulmanes iban en retroceso..

El monje Paisij, del Monasterio de Chilandar, afirmaba con razón que una nación con un pasado glorioso tiene derecho a un futuro espléndido.

   “Yo, Obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: vuelve a encontrarte, sé tu misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima lleno de respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades” (Juan Pablo II, Santiago de Compostela, 1982)